Otra carta de amor a “esa” persona

No sé cuánto tiempo hace que escribí esto, quizás un año, quizás seis meses, quizás tres o dos o uno. Este blog lleva años muerto, pero hoy lo necesitaba. Esto no podía estar más tiempo oculto en mi ordenador, pues toda carta debería llegar, tarde o temprano, a su destinatario.

Te sigues sintiendo sola.

Continúas sin saber de mi existencia.

Ni me escuchas ni me ves; tampoco me sientes. Esta vez no te hablo en plural. Esta vez no somos muchas. Y estas palabras las transmite una sola voz: la mía. Son mis dedos los que te escriben y mi mente la que te piensa. Soy yo. Te pregunto yo, que estoy a tu lado sin hacerme notar. A veces imagino que has perdido los cinco sentidos y que, por ese motivo, sigues así. Sin gusto, tacto, oído, olfato ni vista, ¿cómo ibas a notarme? Otras, tiemblo. Tú no me ves, pero yo a ti sí. Incluso cuando estás de espaldas, observo la expresión de tus ojos. Una calidez triste te envuelve y los enciende. Tu soledad te sitia, tu vacío amenaza. Absorbes luz, como aquellos agujeros negros que tanto miedo te daban.

Pequeña, a menudo pienso que nunca te llegó mi carta. Ojalá te hubiera leído aquellos párrafos en voz alta, frase por frase, lentamente, para que te sintieras identificada. Debería haberla escrito en mayúsculas para llamar tu atención, para que te abriera los ojos, para que no pudieras evitar verla y sumergirte en sus palabras. Estaban —y están— llenas de sentimientos, de ganas de seguir adelante, de empujarte, de quererte. Me han dicho que aquel sentimiento iba más allá del amor. Algunos lo llaman fraternidad. Yo prefiero no ponerle nombre. Es demasiado bonito sin etiqueta alguna que podamos palpar ni mancillar.

Quizás sí te llegó, pero no hablas mi idioma y por eso nunca comprendiste aquella carta de amor. Puede que se te hayan olvidado las frases tiernas y emotivas, las palabras de cariño, aquello que te llenaba de ganas de luchar. Lo que te volvía una fiera. Ahora eres bestia, pero enjaulada en ti. Si pudiera, aprendería tu lengua para transmitirte en otra carta todo lo que sentía. La haría más larga, más emotiva, más viva. La cambiaría por ti.

Me sigue dando igual tu condición, tu físico, tus gustos, tu religión, tu orientación sexual, género, vicios y enfermedades. Seas como seas, es indiferente. Porque solo importas tú, lo que eres, lo que deseas ser. Importas tú, con tus más y tus menos, con tus ojos tristes y tus maneras frías, distantes. Importan aquellas palabras que un día te envié y que, al parecer, nunca recibiste.

Ahora, solo quedamos tú y yo. No hay nadie más. Y una sola voz, la mía, se eleva sobre tu silencio, mientras tú, callada, la ignoras —o finges hacerlo—. Y grito todo lo que puedo, gesticulo, salto, brinco, llamo tu atención. Sin embargo, tu mirada afligida continúa inerte, pasiva, perdida.

Te quiero, como se quiere a lo que nos resulta incomprensible. Te quiero, de otra manera, con otras palabras, sin devoción. Te quiero por lo que has sido, por lo que eres y lo que puedes llegar a ser. Te quiero por encima de tus sentimientos, de tu soledad, de tu desorientación y tu tristeza. Aunque ya no estés a mi lado, aunque te sienta cada vez más lejana, aunque jamás vayas a leer estas palabras, te quiero.

Aunque te sientas sola y no me escuches gritar, te quiero. Sigo aquí.


Nunca te pude contar que esa primera carta que te escribí tenía segunda parte. No creo que nunca llegue a decírtelo, pero, aún sabiendo que ni tú ni nadie llegaréis a leerla, pues este blog debe estar olvidadísimo, quería que al menos fuera pública por si un día querías buscarla. 

 

Twitter: @Kuralaza

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