Nos queremos libres

1327064137_d7696b0e47_z

No era capaz de amar. O eso me dije durante años. Me dejaba fría el compromiso, el centrarme solo en una persona, el debérselo todo.

No era capaz de amar. O eso me decía el sentido común. Porque la gente se comprometía, porque mis amigas solo tenían ojos para su novio, porque solo amaban y deseaban a su pareja.

No era capaz de amar. O eso me dijo el mundo. Y es que yo no entendía los cuernos ni los celos, porque me gustaba la libertad y deseaba a mucha gente.

No soy capaz de amar, cierto. No soy capaz de amar sin libertad. Porque yo deseo que la gente vuele sin cadenas: la quiero libre.

Esta es la historia de cómo abrí mi relación y del miedo que tuve a estar equivocada.

Dejé el vaso en la mesa con fuerza. La cerveza rebotó y casi se derrama, pero no me importó. Respiré hondo, tratando de hacerme a la idea de que aquello era real.

—Es una locura —aseguré.

Él me miró fijamente y se revolvió el pelo con nerviosismo. Observé que su mano se cerraba alrededor de su vaso de cerveza con ímpetu; temí que lo rompiera.

—Somos gilipollas. La hemos liado.

—Pero… ¿tú estás seguro de esto?

—No, ¿y tú?

—Tampoco. Y, sin embargo…

No supe cómo continuar; la mente no me funcionaba con claridad. Estaba aterrada hasta el punto de no saber cómo seguir. Yo, que nunca me quedaba sin palabras; yo, que hablaba siempre de más; yo, que estaba tan confundida que no sabía qué decir. Sospeché que la cerveza me había subido un poco. Y, sin embargo, sabía que, aunque así fuera, no tendría nada que ver con lo que estaba pasando. Aquello era inevitable. Abrí la boca para decirlo, pero él se adelantó:

—Esto tenía que suceder tarde o temprano. Si tienes la mente abierta como nosotros, si repeles los celos como nosotros, si tienes otro concepto de las relaciones… No veo otra salida. Yo te quiero, estoy enamorado de ti, pero no deseo coartarte la libertad.

Sonreí levemente. Te deseo libre y feliz, pensé con orgullo.

—Me siento dividida. Una parte de mi mente me dice que esto es una locura, que tú no puedes irte con nadie más, que debes estar solo conmigo, que para eso me quieres; pero la otra… —Fruncí el ceño, pensativa, tratando de ordenar mis ideas—. La otra me dice que nadie me a conseguir que deje de sentir lo que siento por ti, que por que haya otros tú no vas a desaparecer de mi vida. Y que si lo haces es porque las cosas no funcionan y lo deseas así: ambos somos libres de marcharnos cuando queramos.

—El deseo sexual no se puede controlar ni encarcelar. Yo no voy a poder darte todo lo que deseas nunca, y ¿qué tiene de malo si buscas eso otras personas? Somos jóvenes, necesitamos vivir. No es posible que estar juntos y ser libres sea incompatible. Quizás dentro de unos años, si seguimos saliendo, me apetezca estar solo contigo, pero ahora no veo mejor manera de destrozar la relación que atarme a ti.

Tenía la sensación de que mi mente iba a mil por hora y, sin embargo, todo lo que era capaz de analizar se complementaba con aquello que él decía. En ese momento, comprendí por qué, entre todos los tíos del mundo, lo había elegido a él y por qué, entre todos los temas de conversación posibles, estábamos debatiendo esto.

—Siempre me he preguntado por qué la gente exige exclusividad en la pareja, por qué los cuernos rompen relaciones. Si la exclusividad no existiera, si acostarte o incluso querer a otra persona no se viera como algo malo, entonces no existirían las separaciones malas ni el odiar a los ex, a los que, en teoría, hemos querido muchísimo. Yo no soy tuya, tú no eres mío.

La cabeza me daba vueltas, y tenía la sensación de que el corazón se me saldría del pecho de un momento a otro. Observé sus ojos castaños, y me pareció verle temblar. Me pregunté si se encontraba tan ansioso como yo. Su sonrisa temblorosa bastó para convencerme.

—Sabes que va a ser difícil, ¿no? Yo no soy celoso, pero sé que no voy a poder evitar sentir celos si te acuestas con otro. Sabes que quiero librarme ellos, pero al principio… —Me miró como disculpándose por sus palabras, por tanta sinceridad—. Todos podemos estar muy seguros de nuestra pareja cuando la relación está cerrada, pero cuando se abre… creo que va a ser mucho más difícil en la práctica que en la teoría.

Me incliné sobre la mesa y le cogí la mano. Le miré a los ojos e hice un intento de sonrisa tranquilizadora, que salió temblorosa y poco reconfortante. Sin embargo, él me devolvió la sonrisa y posó su otra mano encima de la mía.

—Yo me voy a tirar de los pelos cuando tengas algo con otra —afirmé, sincera—, pero prefiero eso a que te restringas a ti mismo por una regla estúpida. Es más, cuanto antes haya otra, antes lo superaré.

—Habrá que tener cuidado y hablarlo todo. Sobre todo lo segundo, porque sino no funcionará…

—Funcionará. Debe hacerlo. Te lo prometo.

—¿Entonces…?

—¡Declaro la relación oficialmente abierta!

Nos besamos. Y fue un beso tembloroso. Tuve la sensación de haber empezado de nuevo la relación. Fue como si el año que llevábamos juntos solo hubiera sido el principio de algo mucho más grande. Supe en ese momento que nos faltaba mucho por recorrer y muchos problemas por solventar. Qué días, semanas y meses más duros me esperaban. Sonreí, porque por primera vez me sentí libre. Con miedo, sí; pero independiente. Y, quién sabe, quizá enamorada.

«Yo no soy tuya y tú no eres mío. Tú eres tuyo y yo soy mía. El amor crea un nosotros. Es un nosotros extraño, formado por dos pronombres independientes, que deciden unirse, pero jamás atarse. Nos queremos libres

 

Twitter: @Kuralaza

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: