Sección de poesía feminista #3. Gioconda Belli

 

Gioconda Belli es una poetisa, feminista y revolucionaria nicaragüense que nació el 9 de diciembre de 1949 en Managua. Aunque nació en Nicaragua, estudió secundaria en Madrid, en el Real Colegio Santa Isabel, donde obtuvo el bachillerato en 1965. Estudió después Publicidad y Periodismo en Estados Unidos, concretamente en Filadelfia, y, tras diplomarse, regresó a Managua. Desde 1990, reside entre Managua y Estados Unidos.

Comenzó a escribir en 1970 y entró en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), oponiéndose a la dictadura del general Anastasio Somoza Deayle. Luchó clandestinamente para derrotar al régimen haciendo de correo, transportando armas y viajando por América y Europa.

Convalidó su lucha por la liberación de su país con el oficio de escritora. Fue considerada desde el principio una revolucionaria por cómo abordaba la sensualidad femenina y el cuerpo de la mujer. Con su obra Sobre la grama ganó el premio más importante del país, el Mariano Fiallos Gil de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Por su activismo, tuvo que emigrar a México, donde escribió Línea de fuego junto a Claribel Alegría, obra con la que ganó el Premio Casa de las Américas.

En 1979, concretamente el 19 de julio, la Revolución Nicaragüense puso fin a la dictadura y Belli entró a formar parte del nuevo gobierno. Representó a su partido en el Consejo Nacional de Partidos Políticos y fue portavoz en la campaña electoral de ese año. Después en 1986 lo dejó para escribir su primera novela y fundó en el diario Barricada un suplemento literario, Ventana. Publicó tres libros entre 1882 y 1887, entre los que se encuentran Amor insurrecto y De la costilla de Eva.

La mujer habitada, su primera novela publicada en 1988, obtuvo muy buena crítica y una gran repercusión en Europa y en América Latina. En Alemania, obtuvo el Premio de los Bibliotecarios, Editores y Libreros de Alemania a la Novela Política del Año. Fue traducida a once idiomas.

Belli ha escrito numerosas novelas hasta la actualidad. Algunas han alcanzado fama mundial y se han traducido a muchos idiomas. Con El pergamino de la seducción ganó el Premio Pluma de Plata de 2005 en la Feria del Libro de Bilbao. Por otro lado, Carme Canela, cantante catalana, grabó un disco de jazz con algunos de sus poemas, titulado Carme Canela canta Gioconda Belli. Sencillos deseos.

Su libro El país de las mujeres, publicado en 2010, narra como un grupo de mujeres llegan al poder de Faguas. En 2014 publicó su último libro, El intenso calor de la luna.

La obra literaria de Belli es inmensa y abarca desde cuentos infantiles a una autobiografía, pasando por la novela y la poesía. En ellos, hace un especial reconocimiento a las mujeres, al amor y a la sensualidad.

Son muchos los libros de poesía que tiene la autora. De los poemas que estos contienen, he escogido cinco: aquellos que, en conjunto,  muestran mejor el feminismo y la pasión de Belli, su revolución sensual y atrevida, que con el paso de los años no hace más que acentuarse.


 

Y Dios me hizo mujer

Y Dios me hizo mujer,

de pelo largo,

ojos, nariz y boca de mujer.

Con curvas

y pliegues

y suaves hondonadas

y me cavó por dentro,

me hizo un taller de seres humanos.

Tejió delicadamente mis nervios

y balanceó con cuidado

el número de mis hormonas.

Compuso mi sangre

y me inyectó con ella

para que irrigara

todo mi cuerpo;

nacieron así las ideas,

los sueños,

el instinto.

Todo lo que creó suavemente

a martillazos de soplidos

y taladrazos de amor,

las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días

por las que me levanto orgullosa

todas las mañanas

y bendigo mi sexo.

(De la costilla de Eva, 1986)


 

No me arrepiento de nada

No me arrepiento de nada

Desde la mujer que soy,

a veces me da por contemplar

aquellas que pude haber sido;

las mujeres primorosas,

hacendosas, buenas esposas,

dechado de virtudes,

que deseara mi madre.

No sé por qué

la vida entera he pasado

rebelándome contra ellas.

Odio sus amenazas en mi cuerpo.

La culpa que sus vidas impecables,

por extraño maleficio,

me inspiran.

Reniego de sus buenos oficios;

de los llantos a escondidas del esposo,

del pudor de su desnudez

bajo la planchada y almidonada ropa interior.

Estas mujeres, sin embargo,

me miran desde el interior de los espejos,

levantan su dedo acusador

y, a veces, cedo a sus miradas de reproche

y quiero ganarme la aceptación universal,

ser la “niña buena”, la “mujer decente”

la Gioconda irreprochable.

Sacarme diez en conducta

con el partido, el estado, las amistades,

mi familia, mis hijos y todos los demás seres

que abundantes pueblan este mundo nuestro.

En esta contradicción inevitable

entre lo que debió haber sido y lo que es,

he librado numerosas batallas mortales,

batallas a mordiscos de ellas contra mí

—ellas habitando en mí queriendo ser yo misma—

transgrediendo maternos mandamientos,

desgarro adolorida y a trompicones

a las mujeres internas

que, desde la infancia, me retuercen los ojos

porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,

porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,

que se enamora como alma en pena

de causas justas, hombres hermosos,

y palabras juguetonas.

Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,

e hice el amor sobre escritorios

—en horas de oficina—

y rompí lazos inviolables

y me atreví a gozar

el cuerpo sano y sinuoso

con que los genes de todos mis ancestros

me dotaron.

No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.

No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.

Pero en los pozos oscuros en que me hundo,

cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,

siento las lágrimas pujando;

veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,

blandiendo condenas contra mi felicidad.

Impertérritas niñas buenas me circundan

y danzan sus canciones infantiles contra mí

contra esta mujer

hecha y derecha,

plena.

Esta mujer de pechos en pecho

y caderas anchas

que, por mi madre y contra ella,

me gusta ser.

(Apogeo, 1997)


 

Ocho de marzo

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres,

¡Qué poco es un solo día, hermanas,

qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!

De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos

—toda la atropellada ruta de nuestras vidas—

deberían pavimentar de flores para celebrarnos

(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó

las floridas avenidas postradas de pena de Londres)

Nosotras queremos ver y oler las flores.

Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras

en vez de machos,

Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris

Y de los que nos vendaron los pies

Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.

Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía

Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado

Y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas

Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir

a riesgo de nuestras vidas

Queremos flores del que se protege del mal pensamiento

obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo

Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte

Queremos flores de los que nos quemaron por brujas

Y nos encerraron por locas

Flores del que nos pega, del que se emborracha

Del que se bebe irredento el pago de la comida del mes

Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos

Flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras

Y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género

Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos

donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;

arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,

de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.

Queremos flores hoy. Cuanto nos corresponde.

El jardín del que nos expulsaron.

(Apogeo, 1997)


 

Algunos poetas

Algunos poetas

Como libros abiertos,

llenos de citas,

llegan a las reuniones

dejando caer nombres, obras y fechas

como trofeos,

esgrimiendo la lógica

hasta el final de las consecuencias.

Así quieren hacernos a su modo

algunos poetas,

siguiendo la vieja tradición paternalista

tratan de adoptarnos

a falta de poder apresar

el viento, la fruta prohibida,

la misteriosa fertilidad

de nuestros poemas.

(Apogeo, 1997)


Mujer Irredenta

Hay quienes piensan

que he celebrado en exceso

los misterios del cuerpo

la piel y su aroma de fruta.

¡Calla, mujer! —me ordenan—

No nos aburras más con tu lujuria

Vete a la habitación

Desnúdate

Haz lo que quieras

Pero calla

No lo pregones a los cuatro vientos.

Una mujer es frágil, leve, maternal;

en sus ojos los velos del pudor

la erigen en eterna vestal de todas las virtudes.

Una mujer que goza es un mar agitado

donde sólo es posible el naufragio.

Cállate. No hables más de vientres y humedades.

Era quizás aceptable que lo hicieras en la juventud.

Después de todo, en esa época, siempre hay lugar para el desenfreno.

Pero ahora, cállate.

Ya pronto tendrás nietos. Ya no te sientan las pasiones.

No bien pierde la carne su solidez

debes doblar el alma

ir a la Iglesia

tejer escarpines

y apagar la mirada con el forzado decoro de la menopausia.

…Me instalo hoy a escribir

para los Sumos Sacerdotes de la decencia

para los que, agotados los sucesivos argumentos,

nos recetan a las mujeres la vejez prematura

la solitaria tristeza

el espanto precoz a las arrugas.

¡Ah! Señores; no saben ustedes

cuánta delicia esconden los cuerpos otoñales

cuánta humedad, cuánto humus

cuánto fulgor de oro oculta el follaje del bosque

donde la tierra fértil

se ha nutrido de tiempo.

(Apogeo, 1997)


 

Gioconda Belli es, sin lugar a dudas, una autora en la que merece la pena profundizar. Estos poemas son solo un pequeño resquicio de su obra. Os animo no solo a leer su poesía sino también su prosa.

 

Twitter: @Kuralaza

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