A piedi

Autor: Eduardo Mata Icaza

 

Introducción

Porque no quiero escribirte solo cuando estoy hundida o cuando todo se ha acabado. Porque sé que si yo no te lo enseño aquí no lo vas a leer nunca. Porque necesito sacar esto al mundo. Porque deseo expresar lo que siento por ti (y por mí) en ciertos momentos. Por eso, esto necesita una entrada.

 

 

II

Dos meses después te vuelvo a escribir. No sé si estoy preparada para dejarlo. Me gustaría saber que, pase lo que pase, voy a estar bien, feliz. Pero sé que ningún final es bonito y que en todos se sufre.

Quiero volver a verte una última vez, decirte lo mucho que te quiero, lo que has significado para mí (y lo que significas aún). No quiero estar con otro que no seas tú, aunque ya no esté contigo. Y si me toca llorarte, ojalá sea con cariño, sin sufrimiento.

Por favor, no me trates mal.

Por favor, sigue preocupándote por mí.

Por favor, no me odies, no me putees, no me trates como si fuera una desquiciada.

Por favor, recuérdame con cariño, con ilusión.

Por favor, piensa en mí como ese amor cuya espina tendrás clavada toda tu vida. El amor del Erasmus, el amor de las Peroni en L’Orientale, en San Domenico y en Bellini. El amor que pudo ser mucho más sano de lo que fue. Ojalá lo hubiera sido (jamás me lo perdonaré).

Si nos hubiéramos conocido en otro momento. Si nos hubiéramos querido tan bien como nos merecíamos. Te quiero. No sabes cuánto te quiero. No sabes cuánto te querré siempre. Seguramente, en un mes ya no estemos juntos. Pero te seguiré queriendo, porque has sido un antes y un después. Cuesta arriba o cuesta abajo, te quiero.

 

 

III

Una mala época. Un mal momento. Demasiados miedos. Inseguridades excesivas. Pensaba que me estaba volviendo loca. Creía que no me merecía nada. Tenía la sensación de que mi mundo entero se iba a pique; un mundo que había tardado años en construir. Y, de repente, aparecieron con fuerza las dudas, los miedos, la falta de autoestima y los malos pensamientos. Me inundaban, me agobiaban, me ahogaban; algo sin nombre me arrastraba hacia el fondo y no conseguía huir.

Pensaba que me merecía todo lo malo que me pudiera ocurrir. Había tratado mal a otras personas, había sido egoísta, había tomado decisiones pensando solo en mí misma y, por ello, estaba al borde del abismo. Llegué a creer que mis ideas estaban equivocadas, que había sido una hipócrita, una mentirosa y, sobre todo, una mala persona. Me sentía pequeña, diminuta, asfixiada entre lo que quería hacer y lo que en realidad hacía. Sí, lo sé; me traicioné a mí misma. Te arrastré conmigo. Cargué en ti mis miedos y mi dolor como si nada y, al mismo tiempo, te oculté los motivos por los que estaba realmente así. Me agarré a la culpa como si aquello fuera el origen de todos mis males; me faltó introspección.

Ahora sé qué pasó. Sé por qué estaba así. Sé qué parte fue culpa mía y qué parte no. Pero, sobre todo, sé que no debería haber tenido miedo a contarte las cosas, que debería haber hablado contigo en vez de callármelo todo. Pensaba que si veías cómo estaba permitiendo que me manejaran, te alejarías de mí. Pensaba que ya te había hecho daño suficiente como para herirte aún más. Pensaba que eran mis problemas, que eran mis miedos, que era mi culpa. Pensaba que yo os había enfrentado, que le había destrozado la vida a él y que solo te lastimaba más y más a ti. Y veía en tus ojos la desilusión, cómo me mirabas a veces preguntándote dónde estaba la de antes, la del principio, la que tú habías conocido. Qué había pasado en ese mes que estuvimos separados. Yo te lo puedo decir, pero no quiero usar la palabra. Solo sé que desde 1º de Bachillerato no sentía aquello y que, de nuevo, volví a caer o, usemos las palabras correctas, me volvieron a tirar.

Quisiera volver a mirarte a los ojos y que me vieras de nuevo. Quisiera recordarte que soy fuerte, que soy independiente, que no estoy loca ni hundida. Quisiera que me observaras y dijeras: «Joder, vuelve a ser ella, se ha levantado». Porque te juro que, con mis idas y venidas, con mis más y mis menos, con mis miedos, mis inseguridades, mis complejos y mis mierdas, sigo aquí. Sé lo que pasó. Sé lo que me hicieron. Sé que tengo mucho que contarte, mucho que explicarte y que habrá cosas que no entiendas. Pero, desde hace un tiempo, me siento fuerte. Me siento yo misma, de nuevo. Me siento dueña de mis actos, tanto buenos como malos. Me siento independiente. Y deseo de todo corazón que, tomemos la decisión que tomemos y pase lo que pase, seas capaz de verlo.

Ojalá te sientas orgulloso de mí.

 

IV

Tenías razón: las noches son lo peor. Ojalá estuvieras ahora a mi lado y te pudiera decir cómo me duele, cómo te echo de menos. Al menos, dormir con el peluche es dormir con una parte de ti.

Se me hace raro que ya no estés conmigo. Quizás en un tiempo te pueda contar todo esto. Sé que si te lo cuento me vas a entender porque, incluso a la distancia, seguimos unidos.

¿Lo hemos hecho bien? ¿Nos hemos equivocado? ¿Nos hubiéramos merecido otra oportunidad?

Ahora mismo siento que te echo tanto de menos que no puedo con ello. Me cuesta no caer.

Te quiero.

V

Te veo en todos lados. Te veo en las cervezas, en el café, en los cigarros. Te veo cuando me acuesto y abrazo al burrito. Te veo cuando veo un perro por la calle, cuando alguien habla de derecho o de ADE. Te veo en las parejas que van cogidas, felices, por la calle. Te veo en todo momento, en toda situación, en todos mis pensamientos.

 

(Buenas noches, bichín 💜

Te quiero mucho 🐻

Descansa, osotoo 🐣🐣)

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